La tienda de antiguedades

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—Créame que lo lamento en el alma. Yo también estoy abatido. En fin, como somos compañeros de adversidad, ¿por qué no unirnos para encontrar el mejor modo de olvidarla? Si usted no tiene ahora ningún asunto especial que lo requiera en otra parte —le instó Quilp, tirándole de la manga y mirándolo maliciosamente por el rabillo del ojo—, yo conozco un local junto al Támesis que tiene la mejor ginebra Schiedam que se puede beber en el mundo; al parecer, es de contrabando, pero que eso quede entre nosotros. El dueño me conoce. Hay una casita en la orilla del río, donde podríamos tomar una copa del delicioso licor con un poquito de tabaco excelente (lo tengo en esta caja, y es de la más exquisita calidad, se lo puedo asegurar) y pasar un rato a gusto y contentos. ¿Le parece bien o tiene otras ocupaciones a las que vacar, eh, señor Swiveller?

Conforme hablaba el enano, el enojo de Dick se fue transmutando en una sonrisa de anuencia y su frente desfrunciéndose paulatinamente. Cuando Quilp terminó de hablar, Dick lo miró de la misma manera taimada y cómplice, por lo que ya no quedaba otra cosa que dirigirse al local en cuestión. Lo que hicieron enseguida. En el momento en que volvieron la espalda, el pequeño Jacob despertó de su hipnotismo y reanudó el llanto en el punto en que lo había dejado.


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