La tienda de antiguedades

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La casita de la que hablaba el señor Quilp era una barraca de madera destartalada y podrida, construida sobre el fango del río, que amenazaba con precipitarse en él. La taberna era una construcción decrépita y llena de ratas, mantenida en pie por unos maderos que apuntalaban sus paredes, que en las noches ventosas crujían como si todo el tinglado fuera a venirse abajo. La casa se mantenía en pie —aunque más que tenerse en pie parecía ladearse— sobre una parcela de terreno baldío y ennegrecido por el insalubre humo de las fábricas, donde reverberaba el ruido de las poleas y de las aguas impetuosas. El interior era un fiel reflejo de lo que prometía el exterior. Las habitaciones eran bajas y húmedas, las paredes estaban llenas de grietas y agujeros, el suelo podrido se había desfondado y las vigas empezaban a desencajarse, advirtiendo al forastero que lo mejor era no acercarse demasiado.

A este lugar tan delicioso condujo el señor Quilp a Richard Swiveller y le invitó a entrar a contemplar sus bellezas. Sobre la mesa, donde habían grabado cadalsos e iniciales, apareció pronto un barrilete de madera lleno del ponderado licor. El señor Quilp lo trasegó a los vasos con mano experta y, mezclándolo con un tercio de agua, asignó a Richard Swiveller su parte y a continuación encendió su pipa con el cabo de una vela de un farol viejo y abollado, se esclafó sobre una silla y pegó una calada.


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