La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Qué, es bueno o no? —preguntó Quilp mientras Richard Swiveller se relamÃa los labios—. Es fuerte y quema la garganta, ¿no? Le hace a uno parpadear, ahogarse, llorar y corta el aliento, ¿no?
—Vaya que sà —asintió Dick, derramando parte del contenido para añadir más agua—. Amigo, no me hará creer que se va a beber todo este fuego lÃquido.
—¡Cómo! ¿No se lo bebe? MÃreme a mÃ. Uno. Dos. Y tres. ¡No beber esto! —mientras hablaba, Daniel Quilp se escanció y bebió tres vasitos del licor a palo seco, y después, esbozando una horrible mueca, pegó varias caladas a la pipa mientras echaba el espeso humo por la nariz. Realizada esta gesta, retomó su postura anterior y soltó una risotada—. ¡Brindemos —gritó, tamborileando en la mesa con el puño y el codo alternativa y rÃtmicamente— por una mujer, por una belleza! Brindemos por una belleza y apuremos los vasos hasta la última gota. ¡Su nombre, vamos!
—Si quiere el nombre —contestó Dick—, helo aquÃ: Sophy Wackles.
—¡Sophy Wackles! —gritó el enano—. La señorita Sophy Wackles que será… la señora de Richard Swiveller. Eso será. ¡Ja, ja, ja!
—¡Ay! —exclamó Dick—. Yo podrÃa haber dicho eso hace unas semanas; pero ahora ya no, tunante. Se va a inmolar en el altar de Cheggs.