La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Envenenemos, entonces, a Cheggs y cortémosle las orejas —propuso Quilp—. No quiero oÃr hablar de Cheggs. Ella se llamará Swiveller o no se llamará nada. Beberé otra vez a su salud, y a la de su padre, y de su madre, y de todas sus hermanas y hermanos; en fin, a la salud de la gloriosa familia Wackles. Todos los Wackles en un solo vaso. ¡Lo apuraré hasta la última gota!
—¡Caramba! —exclamó Richard Swiveller, deteniéndose de repente cuando se iba a llevar el vaso a los labios. Miró al enano con una especie de estupor mientras este hacÃa aspavientos con los brazos y las piernas—. Es un tipo alegre; le aseguro que de todos los tipos alegres que he visto en mi vida es usted el más extraño y el más extraordinario. Le doy mi palabra.
Esta cándida declaración aumentó, en vez de refrenar, las excentricidades del señor Quilp, y Richard Swiveller, asombrado de su talante tan jaranero, y bebiendo no poco para hacerle compañÃa, de manera imperceptible se volvió más sociable y confidencial, hasta que, hábilmente conducido por el señor Quilp, se mostró completamente confiado. Conseguido esto, y sabiendo ya qué cuerda pulsar en caso de duda, Daniel Quilp tenÃa una tarea relativamente fácil. AsÃ, pronto se encontró con todos los detalles del plan tramado entre el manejable Dick y su intrigante amigo.