La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Ya no podemos remediarlo —suspiró la madre—; pero ha sido una verdadera sandez. No deberÃa tentarse asà a la gente.
Kit resolvió interiormente que en lo sucesivo nunca volverÃa a tentar a un transportista, a no ser con un baúl vacÃo; y, tomada tan cristiana determinación, dirigió sus pensamientos a la segunda cuestión.
—Sabe que le conviene mantenerse animada, madre, y no quedarse sola en casa cuando yo me haya ido. Me pasaré por aquà siempre que venga a la ciudad y de vez en cuando le mandaré una carta; y al finalizar el trimestre tendré, naturalmente, unos dÃas libres; y entonces ya verá si no llevamos al pequeño Jacob al teatro y le enseñamos lo que son las ostras.
—Espero que ir al teatro no sea pecado, Kit; tengo miedo —expresó la señora Nubbles.