La tienda de antiguedades

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No parecía, sin embargo, que hubiera nada terrible en esta extraña Bárbara, la cual, además de haber llevado una vida muy tranquila, se sonrojaba mucho y probablemente se sentía tan violenta, sin saber qué debía decir o hacer, como el propio Kit. Cuando este llevaba algún tiempo sentado, atento al tictac del sobrio reloj, se aventuró a mirar el aparador, donde, entre platos y fuentes, se hallaba la pequeña caja de labores de Bárbara, con una tapa deslizante para guardar allí los ovillos de algodón, el devocionario de Bárbara, el salterio de Bárbara y la Biblia de Bárbara. El pequeño espejo de Bárbara colgaba bien iluminado junto a la ventana, y el sombrero de Bárbara pendía de un clavo detrás de la puerta. La mirada de Kit pasó de estos signos mudos de la presencia de Bárbara a la propia Bárbara, la cual, sentada igual de silenciosa que dichos objetos, quitaba las vainas a los guisantes y los echaba en un plato. Pero justo cuando Kit estaba mirando sus pestañas y preguntándose —con toda la sencillez de su corazón— de qué color serían sus ojos, se dio la perversa casualidad de que Bárbara levantó ligeramente la cabeza para mirarlo, y los dos pares de ojos se apartaron apresuradamente. Kit se encorvó sobre su plato y Bárbara sobre sus guisantes, cada cual turbado por haber sido sorprendido por el otro.


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