La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Usted mi padre, señor? —objetó Dick—. Mire, señor, como no necesito a nadie, le pido que me deje solo, y al instante.
—¡Qué tipo más curioso es usted! —expresó Quilp.
—¡Váyase, señor! —reiteró Dick, apoyado en un poste y agitando la mano—. ¡Váyase, embaucador, váyase! Algún dÃa, tal vez despierte usted de su placentero sueño para conocer el dolor de los huérfanos desamparados. ¿Quiere hacer el favor de irse, señor?

Como el enano no parecÃa dispuesto a obedecerle, el señor Swiveller se le acercó con intención de infligirle el condigno castigo. Pero, olvidando su propósito, o cambiando de opinión, le cogió una mano y le juró amistad eterna, declarando con agradable franqueza que a partir de ese momento serÃan hermanos en todo menos en el parecido. Entonces le volvió a contar su secreto, aludiendo con especial patetismo a la señorita Wackles, la cual, dio a entender al señor Quilp, era la causa de la ligera incoherencia que tal vez habÃa apreciado en sus palabras, atribuible sólo a la fuerza de su afecto y no al vino rosado ni a ningún licor fermentado. Y asà fueron caminando cogidos del brazo, como dos buenos amigos.