La tienda de antiguedades

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—Yo soy más avispado que una avispa —le dijo Quilp al despedirse— y más astuto que una zorra. Tráigame a Trent. Dígale que yo soy su amigo, aunque me temo que él desconfía un poco de mí (no sé por qué, no lo he merecido), y les aseguro a los dos que habrán hecho fortuna…, en perspectiva.

—Eso es lo malo —replicó Dick. Estas fortunas en perspectiva parecen… muy a largo plazo.

—Parecen más pequeñas de lo que realmente son, por ese motivo —precisó Quilp apretándole el brazo—. No tendrán ustedes una idea cabal del valor de la presa hasta tenerla entre las manos. Repare bien en esto.

—¿Eso cree? —preguntó Dick.

—Eso creo, y estoy seguro de lo que digo —porfió el enano—. Traiga a Trent a mi casa. Dígale que soy amigo suyo y de usted. ¿Por qué no voy a serlo?

—No hay motivo para que no vaya a serlo, en efecto —concedió Dick—, y tal vez existan muchos para que usted lo sea. Al menos, no debería haber nada extraño en que usted quisiera ser mi amigo si fuera usted un espíritu selecto; pero usted sabe que no es un espíritu selecto.

—¿Que yo no soy un espíritu selecto? —protestó Quilp.


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