La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Ni por asomo, señor —contestó Dick—. Un hombre de su aspecto no podrÃa serlo. Si algún espÃritu hay en usted, señor, es un espÃritu maligno. Los espÃritus selectos —apuntilló, sonriendo para sus adentros— son gente completamente diferente, se lo puedo asegurar, señor.
Quilp reaccionó a la franqueza de su amigo con una expresión a la vez de astucia y disgusto; apretándole la mano al mismo tiempo, le dijo que era un personaje bastante curioso, pero que podÃa contar con su más sincera estima. Y con eso se despidieron, el señor Swiveller a su casa para dormir y recuperarse de la borrachera, y, Quilp para meditar sobre el descubrimiento que acababa de hacer y recrearse en las perspectivas de disfrute y represalias que se abrÃan ante él.
A la mañana siguiente, el señor Swiveller, con la cabeza dándole vueltas por los efluvios etÃlicos de la famosa Schiedam, se dirigió, no sin cierta renuencia y aprensión, a la casa de su amigo Trent, una buhardilla situada en una vieja posada que parecÃa habitada por fantasmas, a contarle minuciosamente todo lo acontecido el dÃa anterior entre Quilp y’él. El amigo reaccionó con gran sorpresa y se preguntó por los probables motivos de Quilp, lamentando la sandez de Swiveller de haberse fiado de él.