La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —No me defiendo, Fred —reconoció Richard con tono compungido—, pero ese individuo es tan artero que… me hizo creer que no habÃa ningún daño en contarle todo, y al final me lo sonsacó. Si lo hubieras visto beber y fumar como yo lo he visto, no habrÃas podido ocultarle nada. Es una salamandra, te lo aseguro; sÃ, eso es lo que es.
Sin preguntar si las salamandras eran necesariamente dignas de confianza, o si un hombre a prueba de fuego debÃa ser digno de confianza, Frederick Trent se sentó en una silla y, con la cabeza apoyada en las manos, intentó dilucidar los motivos que habÃan inducido a Quilp a ganarse la confianza de Richard Swiveller, pues el hecho de que Quilp buscara la compañÃa de Swiveller y se lo llevara a un lugar apartado mostraba a las claras que no habÃa sido el primero quien habÃa descubierto el secreto, sino el segundo quien se lo habÃa revelado espontáneamente.