La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El enano había visto a Swiveller dos veces en el transcurso de sus pesquisas sobre los fugitivos. Y, como este no había mostrado antes ninguna preocupación por ellos, eso bastaba para despertar la sospecha en el pecho de un individuo tan celoso y desconfiado por naturaleza, aparte de la curiosidad derivada de la manera incauta que tenía Dick de portarse. Pero, conociendo el plan tramado por ellos, ¿por qué debía el enano ofrecerse a secundarlo? Esta era una pregunta de difícil solución; pero, como los truhanes generalmente se engañan a sí mismos imputando a los demás sus propios designios, a Fred le vino la idea de que alguna desavenencia entre Quilp y el anciano, surgida de sus secretas transacciones y relacionada tal vez con su repentina desaparición, había vuelto al primero deseoso de vengarse del segundo tendiendo una trampa al único objeto de su amor y solicitud; ¿cómo?, relacionándolo con alguien por quien él sabía que sentía temor y odio. Como él mismo (Fred), sin tener en cuenta en absoluto los intereses de su hermana, estaba empeñado en conseguir este objetivo, sólo subordinado a sus esperanzas de ganar dinero, le pareció este el más probable motivo de la actuación de Quilp. Una vez asignado al enano un interés personal en ayudarlos, un interés que les serviría para conseguir sus objetivos, resultaba fácil creerlo sincero y cordial; y como no podría caber duda de que les sería sumamente útil, decidió aceptar la invitación e ir a su casa aquella misma noche, y si lo que decía y hacía confirmaba su suposición, le dejarían compartir las fatigas de la empresa, pero no las ganancias.