La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Después de dar vueltas y vueltas al asunto hasta llegar a dicha conclusión, comunicó al señor Swiveller parte de sus cavilaciones —este se habrÃa contentado con mucho menos— y, tras dejar que se recuperara de la juerga salamandresca de la noche anterior, lo acompañó al atardecer a la casa del señor Quilp.
Este se mostró sumamente contento cuando los vio llegar, o al menos eso dijo; y se mostró incluso muy educado con la señora Quilp y la señora Jiniwin, si bien fue particularmente intensa la mirada que dirigió a la primera para ver cómo reaccionaba ante la presencia del joven Trent. La señora Quilp, al igual que su madre, no sintió ninguna emoción, ni dolorosa ni agradable, al verlo, pero como la mirada de su marido la intimidaba y turbaba (no sabÃa qué hacer ni qué se esperaba de ella), el señor Quilp atribuÃa su turbación a lo que él tenÃa en mente y, al tiempo que celebraba su perspicacia, se sentÃa corroÃdo por los celos.
Nada de esto se traslució; al contrario, el señor Quilp fue un ejemplo de mansedumbre y suavidad, y presidió el escanciado del ron con extraordinaria cordialidad.
—Bueno, bueno —empezó Quilp—. Debe de hacer casi dos años que nos conocemos, ¿no?
—Casi tres, creo —aventuró Trent.
—¡Casi tres ya! —se asombró Quilp—. ¡Qué deprisa pasa el tiempo!