La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Le parece a usted tanto tiempo, señora Quilp?
—SÃ, creo que hace justo tres años, Quilp —fue la desafortunada respuesta.
«¡Ah, qué precisión, señora! —pensó Quilp—. Debe de haber sentido usted mucha nostalgia, ¿no? ¡Qué precisión, señora!».
—Parece que fue ayer cuando partió usted para Demerara en el Mary Anne —dijo Quilp—, ayer mismo. Bueno, a mà me gusta que la gente haga locuras de vez en cuando. Yo también las hacÃa antes.
El señor Quilp acompañó estas palabras con un guiño tan espantoso, indicando viejas escapadas y francachelas, que la señora Jiniwin se indignó y no pudo por menos de observar en voz baja que podrÃa haber aplazado sus confesiones hasta la ausencia de su esposa; acto de atrevimiento e insubordinación que castigó debidamente el señor Quilp dirigiéndole una mirada intimidante y bebiendo a su salud ceremoniosamente.
—Yo sabÃa que volverÃa usted pronto, Fred. Siempre lo pensé —aseguró Quilp dejando el vaso—. Y cuando el Mary Anne volvió con usted a bordo, en vez de con una carta de usted arrepentido y feliz por su nuevo empleo…, ah, cómo me divertÃ, cómo me divertÃ. ¡Ja, ja, ja!