La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El joven sonrió, pero no porque el asunto fuera de su especial agrado; y por esa razón Quilp siguió abundando en él.
—Yo siempre diré —reanudó— que cuando un pariente rico tiene a dos jóvenes (hermanas o hermanos, o un hermano y una hermana) a su cargo y se aficiona a uno, con perjuicio del otro, obra mal.
El joven hizo un movimiento de impaciencia, pero Quilp prosiguió con la misma calma que si estuviera debatiendo una cuestión abstracta que no interesara a nadie.
—Es cierto —prosiguió Quilp— que su abuelo lo acusó repetidas veces de falta de consideración, de ingratitud, disipación, extravagancia y demás; pero yo le decÃa: «Esos son defectillos corrientes». «Pero es un granuja», replicaba él. «Concediendo eso», decÃa yo (para que prestara atención a mi razonamiento, por supuesto), «¡muchÃsimos jóvenes nobles y caballeros son también unos granujas!». Pero no lo convencÃ.
—Me asombra lo que dice, señor Quilp —señaló el joven sarcásticamente.