La tienda de antiguedades

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—Pues eso es lo que yo le decía entonces —insistió Quilp—; pero él se mantenía en sus trece. En cierto modo era mi amigo, pero era demasiado obstinado y cabezón. La pequeña Nell es una chica encantadora, pero usted es su hermano, Frederick. Usted es su hermano, después de todo; como usted dijo la última vez que lo vio, eso él no lo puede cambiar.

—Lo cambiaría si pudiera. Que Dios lo confunda por eso y por otras amabilidades parecidas —profirió el joven impacientemente—. Pero este tema no viene a cuento ahora, así que hablemos de otra cosa.

—De acuerdo, de acuerdo —convino Quilp—. Pero ¿por qué he aludido a ello? Sólo para mostrarle, Frederick, que yo he sido siempre su amigo. Usted no sabía quién era su amigo y quién su enemigo. ¿Lo sabe ya? Usted creía que yo estaba en su contra y por eso ha habido frialdad entre nosotros, pero esta se debía exclusivamente a usted. Démonos la mano otra vez, Fred.

Con la cabeza hundida entre los hombros, y una fea risita insinuándosele en la cara, el enano se levantó y alargó su corto brazo sobre la mesa. Tras un momento de vacilación, el joven alargó el brazo; Quilp le apretó los dedos con tal fuerza que por un momento le cortó la circulación, y llevándose la otra mano a los labios y frunciendo las cejas en dirección a Richard, que no sospechaba nada, soltó la mano de Fred y se sentó.


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