La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Está enfermo? —preguntó Nell con la rápida simpatÃa de una niña.
—No demasiado. Han dicho que ayer estuvo delirando, el pobre, lo mismo que anteayer. Pero eso es normal en ese tipo de dolencias. No tiene por qué ser una mala señal —la niña guardó silencio. El maestro se dirigió a la puerta y miró melancólicamente. Las sombras de la noche se habÃan vuelto más espesas, y reinaba un gran silencio—. Si alguien lo ayudara, vendrÃa a mÃ, lo sé —afirmó mientras volvÃa al aula—. Siempre viene al jardÃn a darme las buenas noches. Tal vez ha mejorado, pero ya es demasiado tarde para salir a la calle, pues hay mucha humedad y abundante rocÃo. Es mejor que no venga esta noche.
El maestro encendió una vela y fue a cerrar los postigos y la puerta. Pero, tras permanecer sentado un rato, cogió el sombrero y dijo que se iba a verlo para quedarse tranquilo, y preguntó si Nell querrÃa esperar a que volviera. La niña aceptó de buen grado, y él salió.