La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Que si lo he escrito yo? —contestó, sacando las gafas del estuche y poniéndoselas para ver mejor aquellas proezas tan queridas para él—. Yo no podrÃa escribir asà hoy dÃa. No. Todo eso lo han escrito unas manos muy pequeñas, más jóvenes que las tuyas, pero muy hábiles.
Mientras decÃa aquello, el maestro descubrió una pequeña mancha de tinta en la pared; sacó un cortaplumas del bolsillo y, estirándose un poco, la raspó cuidadosamente. Cuando terminó, se echó un poco hacia atrás para admirar el resultado, como si estuviera contemplando un bello cuadro, pero con algo de tristeza en la voz y el ademán, lo que impresionó a la niña, aunque no estaba al corriente de la causa.
—Una mano muy pequeña, desde luego —reiteró el pobre maestro—. El niño adelantaba a todos sus compañeros en los trabajos de clase y también en el juego… ¡Cómo me querÃa! Que yo le tuviera cariño no tiene nada de extraño, lo extraño es que él me lo tuviera a mÃ… —el maestro se quitó las gafas para limpiarlas, como si se le hubieran empañado, y no dijo más.
—Espero que no sea nada grave, señor —expresó Nell con inquietud un poco después.
—No creo que tal sea el caso, querida —repuso el maestro—. Esperaba haberlo visto en el prado esta tarde. Es siempre el mejor de todos. Pero estará allà mañana.