La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La niña miró alrededor mientras se sentaba a la mesa. HabÃa un par de bancos llenos de rayajos y manchas de tinta; una pequeña cátedra de madera rústica apoyada sobre cuatro patas, en la que debÃa sentarse el maestro; en una estanterÃa, unos pocos libros con las puntas de las hojas dobladas, y junto a ellos una variopinta colección de peonzas, bolas, cometas, cañas de pescar, canicas, manzanas a medio comer y otros chismes confiscados a los menos aplicados. De la pared colgaban —con todo su terror— la vara y la regla, y más allá, en una pequeña estanterÃa, habÃa un capirote hecho de viejos periódicos y decorado con obleas grandes y relucientes. Pero los mayores y mejores adornos estaban en las paredes: sentencias morales copiadas con buena letra y algunas sencillas operaciones de sumar y multiplicar, manifiestamente obra de la misma mano, con el doble propósito, sin duda, de dar testimonio de la excelencia de la escuela y de mover a digna emulación a los alumnos.
—Sà —expresó el viejo maestro al observar que la niña tenÃa la atención puesta en aquellos escritos—. Todo está muy bien escrito, pequeña.
—SÃ, señor, muy bien —corroboró la niña modestamente—. ¿Es de usted?