La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Al atardecer, apareció una anciana jadeando en el jardÃn y, encontrando al maestro en la puerta, le dijo que fuera rápidamente a casa de la señora West, y que por favor se adelantara. La niña y el maestro estaban a punto de salir de paseo cogidos de la mano. Sin soltarla, el maestro salió disparado, y la mensajera los siguió fatigosamente.
Se detuvieron en la puerta de una casa, a la que el maestro llamó suavemente con la mano. La abrieron enseguida. Entraron en una habitación donde un pequeño grupo de mujeres rodeaba a otra más anciana que estaba llorando desconsoladamente, retorciéndose las manos y meciéndose nerviosa en la silla.
—¡Ay, señora! —exclamó el maestro, acercándose a la silla—. ¿Tan mal está?
—Se nos está yendo —se lamentó la anciana—; mi nieto se está muriendo. Y todo por culpa de usted. Usted no deberÃa entrar a verlo ahora si no fuera porque él lo desea. Esto es lo que le ha traÃdo aprender tanto. ¡Ay, Dios mÃo, Dios mÃo! ¡Qué voy a hacer yo ahora!
—No diga que yo tengo la culpa —protestó el maestro sin alzar la voz—. Pero no le echo nada en cara, señora. No, no. Usted está abrumada por el dolor y no sabe lo que dice. Estoy seguro de que no lo sabe.