La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Pero, como es difícil contentar a todo el mundo, como sabemos por propia experiencia sin necesidad de conocer la fábula que encierra esa moraleja, en el transcurso de la tarde varias madres y tías de los alumnos acudieron a expresar su decidida desaprobación del método del maestro. Unas se limitaron a hacer alusiones, como por ejemplo preguntar educadamente si aquel día estaba marcado con letra roja o qué santo del almanaque era; otras, las cabezas más políticas de la aldea, sostenían que constituía un desprecio trono y una afrenta a la Iglesia y al Estado —amén de oler a principios revolucionarios— conceder la tarde libre en una ocasión menos importante que el nacimiento del monarca. Pero la mayoría basaba su descontento en motivos privados y con términos simples decían que dar a los alumnos sólo media ración de escuela era un robo y un fraude. Y una anciana, que no conseguía inflamar o irritar al pacífico maestro, salió de su casa y, durante media hora, se puso a hablar a gritos junto a la ventana de la escuela con otra vieja, diciendo que por supuesto se deduciría esta media vacación de sus emolumentos semanales y que esperaba que se incoara un procedimiento judicial en su contra; que en aquel vecindario no faltaban ociosos (aquí la vieja levantó la voz) y que hasta los más gandules para ser maestros de escuela podían ver que había otras personas mejores que ellos, y que ella velaría para que esas personas cumplieran debidamente con su obligación. Pero ninguna de aquellas burlas y vejaciones consiguieron sacarle una palabra al manso maestro, que permaneció sentado con la niña, algo más abatido tal vez, pero en completo silencio y sin quejarse.