La tienda de antiguedades

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«Gracias, señor maestro» y «adiós, señor, maestro» fueron dos frases pronunciadas repetidamente con una variedad de tonos mientras los niños salían despacio y en orden. Pero el sol brillaba y los pájaros cantaban, como sólo brilla el sol y cantan los pájaros en las vacaciones y en las tardes libres. Los árboles agitaban sus hojas invitando a los niños a subirse a sus ramas frondosas; el heno los tentaba para que lo esparcieran por el aire puro; el grano verde invitaba gentilmente a ir al bosque y al río; el suelo, más llano por la mezcla de luces y sombras, invitaba a correr, a saltar y a dirigirse a Dios sabe dónde. Aquello era más de lo que un niño podía soportar, y, en medio de un formidable clamor, toda la pandilla salió disparada y se dispersó por todas partes, gritando y riendo por donde pasaba.

—¿Acaso hay algo más natural? ¡Que Dios los bendiga! —exclamó el pobre maestro mientras los veía alejarse—. Me alegro de que no me hayan acompañado en mi pena.






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