La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Al oÃr aquello, los niños, capitaneados por el chico grandote, dieron un grito tan grande que no se oyó lo que decÃa el maestro. No obstante, cuando levantó la mano pidiendo silencio, fueron lo bastante considerados para callarse, sin duda porque los más ruidosos se habÃan quedado ya sin voz.
—Pero antes tenéis que prometerme —precisó el maestro— que no alborotaréis, y si lo hacéis, será fuera de la aldea. Estoy seguro de que no queréis molestar a vuestro compañero de clase y de juegos.
Hubo un murmullo general de aprobación, sin duda sincero, pues, en el fondo no eran más que niños, y el grandote, no menos sincero que los demás, puso de testigos a los que tenÃa al lado de que él habÃa gritado muy bajito.
—Entonces, por favor, no olvidéis lo que os he dicho, mis queridos alumnos —les encareció de nuevo—, lo que os he pedido, y hacedlo como un favor especial. DivertÃos todo lo que podáis y no os olvidéis de que tenéis la suerte de estar sanos. ¡Adiós a todos!