La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Nell estaba sentada junto a la ventana concentrada en su labor, intimidada también por el ruido infernal. Terminadas las lecciones, llegó la hora de la escritura; y como no habÃa otra mesa que la del maestro, los niños se sentaban a ella por turnos esforzándose en copiar lo mejor que podÃan mientras el maestro se paseaba de un lado al otro del aula. Esta fue la hora más tranquila, pues el maestro se acercaba al que escribÃa, le miraba por encima del hombro y le decÃa mansamente que observara cómo una determinada letra estaba escrita en la pared, alabando el trazo que debÃan tener de modelo. Luego llamó la atención de la clase para transmitir lo que el niño enfermo le habÃa dicho por la noche —¡cómo le habrÃa gustado estar con ellos de nuevo!—. El pobre maestro habló con un tono tan amable y afectuoso que los niños parecieron de pronto compungidos por haberlo molestado tanto, y durante unos minutos permanecieron en completo silencio sin comer manzanas, sin grabar nombres en los bancos, sin pegarse pellizcos ni hacer muecas raras.
—Creo, queridos niños —anunció cuando el reloj dio las doce—, que excepcionalmente os voy a dar la tarde libre.