La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades ¡Ah! ¡Qué anhelo tenían los menos aplicados por salir! ¡Miraban la puerta y la ventana abierta queriendo escaparse por las bravas, adentrarse en los bosques y volverse salvajes al instante! Estos pensamientos rebeldes volaban hasta el río umbroso (donde las ramas de los sauces acariciaban el agua) y tentaban al alumno grandote, que, despatarrado y con el cuello de la camisa desabotonado, se abanicaba la cara con un cuaderno de escritura, soñando que era una ballena, un pez espino, una mosca o cualquier cosa menos un escolar en un día tan bochornoso. ¡Qué calor! Preguntadle a ese niño del asiento pegado a la puerta, que tiene más oportunidades de deslizarse hasta el jardín y hacer a sus compañeros desternillarse de risa metiendo la cabeza en el cubo del pozo y echándose a rodar por la hierba; preguntadle si habrá otro día como este, en que hasta las abejas se zambullen en el cáliz de las flores para quedarse allí, como si hubieran decidido retirarse del negocio y no volver a fabricar miel. El día parecía hecho para la pereza, para estar tumbados boca arriba en la hierba mirando al cielo hasta que su brillo le obligara a uno a cerrar los ojos y dormirse. ¿Era este el momento más indicado para estudiar libros rancios en un aula oscura, desdeñada incluso por el sol? ¡Qué monstruosidad!
