La tienda de antiguedades

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Entonces empezó el consabido ronroneo de repasar las lecciones aprendidas de memoria, de bromas susurradas y juegos a hurtadillas, más el habitual jaleo de la escuela. En medio de esta barahúnda, el pobre maestro imagen misma de la mansedumbre y la sencillez, trataba en vano en su sillón de centrarse en los deberes del día y olvidar a su pequeño amigo. Pero el aburrimiento de su labor no hacía sino recordarle con mayor intensidad al estudioso pupilo, de modo que se notaba claramente que sus pensamientos no estaban con sus alumnos.

Nadie sabía esto mejor que los niños menos aplicados, los cuáles, volviéndose más atrevidos a causa de la impunidad, empezaron a jugar a pares o nones bajo el ojo del maestro, a comer manzanas como si tal cosa, a pellizcarse en broma o en serio sin ningún reparo y a tallar sus nombres en las patas de la mesa. El zopenco que había salido a recitar la lección no miró al techo en busca de inspiración, sino que se acercó hasta el mismísimo codo del maestro para mirar en su libro; el gracioso de la clase guiñaba el ojo y hacía muecas (al niño más pequeño, por supuesto) sin taparse la cara con el libro, y los demás se extralimitaban en su alborozo. Si el maestro se levantaba y prestaba atención a la clase, el ruido cesaba unos momentos y todos afectaban una pose estudiosa y recatada. Pero, en el instante en que volvía a enfrascarse en sus pensamientos, el jaleo empezaba de nuevo y se multiplicaba por diez.


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