La tienda de antiguedades

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Un niño de pelo rubio con cara tostada por el sol apareció en la puerta, hizo un remedo de saludo y entró y se sentó en uno de los bancos. Después de ponerse sobre las rodillas un libro abierto con las puntas de las páginas dobladas, metió las manos en los bolsillos, sacó unas canicas y se puso a contarlas, mostrando, por la expresión de su cara, una notable capacidad para abstraerse por completo del abecedario que tenía delante. Al poco tiempo entró corriendo otro niño de pelo rubio, y después un chico pelirrojo, y después dos rubios más, y después otro de pelo castaño claro, y así sucesivamente hasta que los bancos quedaron ocupados por una docena de niños, con el pelo de todos los colores, salvo el gris, y con edades comprendidas entre los cuatro y los catorce años, o más, pues las piernas del más joven quedaban muy lejos del suelo cuando se sentaba en el banco, y el mayor era un grandullón algo bobo, que le sacaba al maestro media cabeza por lo menos.

El extremo del primer banco —el puesto de honor de la escuela— estaba vacío: pertenecía al pequeño alumno enfermo; y, en la fila de perchas en que se colgaban los sombreros, o gorros, el primero estaba también vacío. Ningún niño intentaba violar la santidad del asiento o de la percha, pero más de uno trasladó la mirada desde los espacios vacíos hasta el maestro y susurró algo al ocioso vecino tapándose la boca con la mano.


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