La tienda de antiguedades

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No hizo falta más para que la niña contestara que era mejor aceptar la invitación y quedarse. Esta quiso mostrar su agradecimiento al amable maestro de escuela ocupándose de todas las faenas domésticas. Cuando las terminó, cogió su cesto de labores y se sentó en un taburete junto al enrejado, donde se entrelazaban los tiernos tallos de la madreselva llenando la habitación de un delicioso aroma. Su abuelo salió a tomar el sol, a respirar el perfume de las flores y a ver pasar las nubes, empujadas por el ligero viento veraniego.

El maestro de escuela, tras colocar debidamente los dos bancos, tomó asiento detrás de su mesa para preparar la clase; la niña, que no quería molestar, le dijo que se retiraba a la pequeña buhardilla. Pero él no lo permitió, pues, dijo, estaba encantado de tenerla allí.

—¿Tiene muchos alumnos, señor?

El pobre maestro meneó la cabeza y dijo que apenas llenaban los dos bancos.

—¿Y son aplicados? —volvió a preguntar mientras miraba los trofeos de la pared.

—Son buenos chicos —respondió el maestro—, son buenos chicos, querida; pero nunca llegarán a eso.


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