La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La niña le pidió permiso para preparar el desayuno; su abuelo bajó de su habitación y los tres desayunaron juntos. El anfitrión aprovechó para decirle al anciano que lo encontraba particularmente cansado y que tal vez necesitara descansar.
—Si el viaje que va a hacer es muy largo —apostilló—, y puede permitirse perder un día, ¿por qué no se queda a pasar otra noche aquí? Estaré sumamente complacido, mi buen amigo.
Notó cómo el anciano miraba perplejo a Nell, pues no sabía si aceptar o declinar el ofrecimiento, y añadió:
—Me alegrará tener a su joven compañera un día entero conmigo. Si quiere hacer una buena acción con un hombre solitario y aprovechar para descansar, hágala. Pero si tiene que proseguir su viaje, les deseo lo mejor del mundo, y haré un pequeño trecho con ustedes antes de que comience la escuela.
—¿Qué hacemos, Nell? —preguntó el irresuelto anciano—; dime qué hacemos, cariño.