La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El niño levantó la cabeza y paseó la mirada desde la señal ondeante hasta el ocioso bate que estaba sobre la mesa de la habitación, junto a la pizarra, el libro y otros cachivaches infantiles. Después volvió a tenderse suavemente en la cama y preguntó si la niña seguía ahí, pues no la veía.
Nell se acercó y apretó la mano que yacía sobre el cobertor. Luego, los dos viejos amigos y compañeros —pues tales eran, aunque fueran hombre y niño— se enlazaron en un largo abrazo, tras lo cual el pequeño alumno volvió la cara a la pared y cayó dormido.
El pobre maestro siguió sentado en el mismo lugar, con la manita fría dentro de la suya para calentarla. Era la mano de un niño muerto. Él se había dado cuenta, pero seguía calentándola, sin poder soltarla.