La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Pues yo creo que no me desagradarÃa —convino el anciano, volviéndose con un ademán desabrido—. Si algún juramento, plegaria o palabra pudiera librarme de ti, claro que lo harÃa. Qué gran alivio si te murieras.
—Ya lo sé —admitió el otro—. Es lo que habÃa dicho yo, ¿no? Pero ni juramentos ni plegarias ni palabras me van a matar, y aquà estoy, bien vivo, y pienso seguir estándolo.
—¡Y, sin embargo, su madre está muerta! —exclamó el anciano, juntando las manos y mirando al techo—. He aquà la justicia del cielo.
El otro habÃa puesto un pie encima de una silla y estaba mirándolo con ademán despectivo. Era un joven de unos veinte años, bien proporcionado y bastante apuesto, salvo que la expresión de su cara distaba mucho de ser atractiva, pues tenÃa en común con sus modales, e incluso con su vestimenta, un aire disipado e insolente que repelÃa a cualquiera.
—Sea justo o no —replicó el joven—, aquà estoy y de aquà no me moveré hasta que yo juzgue oportuno irme, a no ser que pida ayuda para sacarme de aquÃ, cosa que no se le ocurrirá hacer, lo sé bien. Insisto en que quiero ver a mi hermana.
—¡Tu hermana! —exclamó el anciano con amargura.