La tienda de antiguedades

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—¡Sí, señor, mi hermana! Usted no puede cambiar el parentesco —precisó el otro—. Si pudiera, seguro que ya lo habría hecho hace mucho tiempo. Quiero ver a mi hermana, a la que usted mantiene encerrada aquí, envenenándole la mente con sus taimados secretos y fingiendo afecto por ella a fin de matarla a trabajar y así añadir unos chelines arañados cada semana al montón de dinero que apenas si puede contar. Quiero verla, y la veré.

—¡He aquí un moralista que habla de mentes envenenadas, un espíritu generoso que desprecia chelines arañados! —exclamó el anciano apartando de él los ojos para mirarme a mí—. Un manirroto, señor, que ha perdido todo derecho no sólo de quienes tienen la desgracia de ser de su sangre, sino también de la sociedad, que de él no conoce más que fechorías. Además de ser un mentiroso —añadió en voz baja acercándose a mi—, que sabe lo mucho que yo la quiero y busca herirme también cuando se halla en presencia de desconocidos.

—Los desconocidos me traen completamente al pairo, abuelo —replicó el joven—, como yo a ellos, espero. Lo mejor que pueden hacer es ocuparse de sus asuntos y dejar que yo me ocupe de los míos. Por cierto, hay un amigo mío ahí fuera… y, como parece que esto va a alargarse, voy a llamarlo, con su permiso.


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