La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Dicho lo cual, salió de la estancia, se detuvo en la puerta de la calle e hizo señales a alguien a quien no se veía, el cual, a juzgar por las impacientes indicaciones del joven, necesitaba de mucha persuasión para decidirse a venir. Por fin se acercó dando saltitos desde el otro lado de la calle, haciendo como que pasaba casualmente por allí. El individuo, que destacaba por una especie de elegancia descuidada, tras pasar un rato frunciendo el ceño y negando con la cabeza en respuesta a la invitación, se decidió a traspasar el umbral y entró acompañado en la tienda.
—Aquí lo tenemos… Es Dick Swiveller —anunció el joven empujándolo—. Siéntate, Swiveller.
—Pero ¿qué va a decir el viejo? —preguntó el señor Swiveller en voz baja.
—Siéntate —insistió su compañero.