La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El señor Swiveller accedió y, mirando a su alrededor con una sonrisa conciliadora, explicó que la semana anterior había sido muy buena para los patos mientras que esta lo era para el polvo. Asimismo contó que, unos minutos antes, mientras se hallaba junto a la farola de la esquina, había observado un cerdo con paja en la boca saliendo del estanco, lo que indicaba que se acercaba otra buena semana para los patos y que seguramente después vendría la lluvia. Además, aprovechó para disculparse de cualquier negligencia que pudiera advertirse en su atuendo, pues la noche anterior «el sol le había cegado los ojos», expresión con la que quería hacer notar a sus oyentes de la manera más delicada posible que había estado completamente borracho.

—Pero —prosiguió el, señor Swiveller con un suspiro— ¡qué importa con tal de que el fuego del alma se encienda al calor de la buena compañía y el ala de la amistad no mude ni una pluma! ¡Qué importa con tal de que el espíritu se expanda en virtud del vino rosado y el momento presente sea el más feliz de nuestra existencia!
—No tienes necesidad de hacer aquí de presidente del banquete —le susurró su amigo.