La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Fred! —exclamó el señor Swiveller, tocándose la nariz—, al sabio le basta con una sola palabra. No digas ninguna sÃlaba más. Podemos ser felices sin ser ricos. Yo sé lo que digo. La elegancia es la palabra guÃa. Ah, sólo una preguntita más, Fred: ¿está el viejo de buen humor?
—¡Eso es lo de menos! —contestó su amigo.
—Bien, muy bien —asintió el señor Swiveller—, la precaución es la mejor consejera —tras lo cual, guiñó el ojo como para guardar algún secreto y, plegando los brazos y apoyándose de nuevo en la silla, miró al techo con profunda gravedad.