La tienda de antiguedades

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A tenor de lo ocurrido, tal vez no fuera descabellado sospechar que el señor Swiveller no estaba del todo recuperado de los efectos de la potente luz solar a la que había hecho alusión. Pero si esta sospecha no la hubieran suscitado sus palabras, su pelo áspero, sus ojos tristes y su cara cetrina habrían sido implacables testigos de cargo. Su ropa, como él mismo había reconocido, no se distinguía por su vistosidad; antes bien, su desaliño inducía a pensar que había dormido sin quitársela. Consistía en un traje marrón con muchos botones de cobre por delante y sólo uno detrás, corbata de color llamativo, chaleco de cuadros, pantalones blancos manchados y sombrero fofo, muy usado, que llevaba al revés, de delante atrás, para ocultar un agujero en el ala. En la pechera del gabán tenía un bolsillo del que asomaba la punta limpia de un pañuelo grande y deslucido. Los sucios puños de la camisa los llevaba estirados al máximo y ostentosamente remangados. No gastaba guantes, pero sí un bastón amarillo con una empuñadura de mano de hueso que lucía un anillo en el meñique y asía una bola negra. Con todas estas cualidades personales (a las que podía añadirse un fuerte olor a tabaco y una pátina grasienta), el señor Swiveller se apoyó en el respaldo de la silla con la mirada fija en el techo y, con la voz impostada, regaló a los presentes unos compases de un aire intensamente melancólico para, en medio de una nota, recaer en el silencio anterior.


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