La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El anciano se sentó en una silla y, con las manos plegadas, miraba a veces a su nieto y otras a su extraño compañero como si se sintiera completamente impotente y no tuviera más remedio que permitirles hacer lo que quisieran. El joven se reclinó en una mesa no muy lejos de su amigo, aparentemente indiferente a lo que habÃa pasado. Y yo, que me sentÃa violento por mi intromisión, a pesar de que el anciano parecÃa mirarme en busca de asistencia tanto con palabras como con miradas, disimulé lo mejor que pude e hice como que examinaba algunos de los artÃculos expuestos para la venta y prestaba poca atención a las personas que habÃa alrededor.
El silencio no fue de larga duración, ya que el señor Swiveller, tras asegurarnos con sus melodiosas canciones que su corazón vagaba por los montes del norte del paÃs, y que sólo le faltaba un corcel árabe para lanzarse a grandes hazañas caballerescas, apartó la vista del techo y la bajó al prosaico suelo.
—Fred —dijo, deteniéndose bruscamente como si la idea se le hubiera ocurrido de repente y con el mismo tono bajo pero audible de antes—, ¿está el anciano de buen humor?
—¿Y qué importa? —replicó el amigo con displicencia.
—No importa, pero ¿lo está?
—Claro, hombre. Pero ¿qué me importa a mà si lo está o no?