La tienda de antiguedades

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Envalentonado por esta respuesta para abordar una conversación más general, el señor Swiveller decidió captar nuestra atención.

Empezó observando que el agua de soda, en principio una cosa buena, solía enfriar el estómago si no iba acompañada de jengibre o de una pequeña dosis de brandy, bebida que consideraba preferible en todos los casos, si no se atendía a su coste. Como nadie se aventuró a disputar tales opiniones, el señor Swiveller prosiguió diciendo que el pelo humano era particularmente susceptible de impregnarse con el humo del tabaco y que los jóvenes estudiantes de Westminster y Eton, tras ingerir grandes cantidades de manzana para que sus diligentes tutores no descubrieran rastro alguno de olor a puro, eran generalmente delatados por esta curiosa propiedad que posee la cabellera. De donde concluyó que si la Academia de las Ciencias prestara atención a esta circunstancia, y se propusiera encontrar un medio eficaz para impedir revelaciones tan indiscretas, se la podría considerar una gran benefactora de la humanidad. Como estas opiniones eran incontrovertibles, al igual que las ya sostenidas, a continuación nos informó de que el ron de Jamaica, aunque sin duda de gran riqueza y aroma, tenía el inconveniente de permanecer en el paladar hasta el día siguiente. Y, como nadie se aventuró a decir nada sobre esta afirmación, el señor Swiveller se volvió más confiado y más amigable y comunicativo.


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