La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Parece mejor de lo que es en realidad —matizó George—, pero se deja beber.
Para tranquilizar a su ama, pegó un trago (de aproximadamente una pinta) a la botella de gres, se limpió los labios, guiñó el ojo y asintió con la cabeza. Sin duda con el mismo loable deseo, empuñó inmediatamente el cuchillo y el tenedor, como para asegurarle que la cerveza no le habÃa quitado el apetito.
—¿Has terminado ya?
—Casi, señora —en efecto, después de rebañar bien el plato y llevarse a la boca el último trozo del guiso, y de pegarle a la botella de loza un trago tan cientÃfico que, poco a poco y de forma casi imperceptible, fue echando la cabeza hacia atrás hasta quedar tendido en el suelo cuan largo era, este caballero declaró haber terminado y procedió a abandonar su reservado.
—Espero no haberte metido prisa, George —expresó su ama, que parecÃa haber seguido con simpatÃa sus últimos movimientos.
—Si acaso —replicó este, reservándose sabiamente para cualquier contingencia favorable que pudiera presentarse—, nos resarciremos la próxima vez, simplemente.
—No vamos muy cargados, ¿verdad, George?