La tienda de antiguedades

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Tal vez la niña y su abuelo no habrían cumplido los deseos de la mujer si esta los hubiera expresado con menor franqueza o no los hubiera expresado. Pero como aquellas palabras los liberaban de cualquier amago de delicadeza o cohibición, comieron abundantemente y recuperaron el buen ánimo.

La mujer de la caravana bajó y, con las manos detrás, y su gran gorro temblando visiblemente, empezó a caminar de un lado a otro con pasos medidos y ceremoniosos, mirando la caravana de vez en cuando con un aire de sosegada delicia y alegrándose especialmente de los paneles rojos y de la aldaba metálica. Después de un rato ejercitándose de esta guisa, se sentó en la escalera y gritó: «¡George!», a lo que un hombre con blusón de carretero, parapetado hasta entonces detrás de un seto viendo lo que pasaba sin ser visto, apartó las ramas que lo ocultaban y se mostró sentado en el suelo, con un plato de guiso y una botella de loza de medio galón sobre las piernas; en la mano derecha, un cuchillo; en la izquierda, un tenedor.

—Sí, señora —respondió George.

—¿Qué tal estaba la empanada fría, George?

—No estaba mal, señora.

—Y la cerveza —prosiguió la mujer de la caravana, más interesada en esta pregunta que en la anterior— es pasable, ¿no, George?


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