La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Venid, acercaos! —gritó, haciendo señas a la niña para que subiera las escaleras—. ¿Tienes hambre, niña?
—No demasiada, pero estamos muy cansados, y el camino es tan largo…
—Bueno, tengáis mucha hambre o poca, tomad un poco de té con algo —ofreció la nueva conocida—. Supongo que usted, caballero, no tendrá nada que objetar, ¿verdad?
El abuelo se quitó humildemente el sombrero y le dio las gracias. La mujer de la caravana le pidió entonces que subiera también a la plataforma, pero como el tambor parecÃa una mesa poco apropiada para dos personas, les aconsejó que se bajaran de nuevo y se sentaran en la hierba, pidiéndoles que se llevaran al mismo tiempo la bandeja del té, pan con mantequilla, jamón y, en una palabra, todo lo que ella habÃa estado tomando, salvo la botella, que ya se habÃa cuidado de guardársela en el bolsillo.
—Pon la bandeja junto a las ruedas, niña; es el mejor sitio —aconsejó la mujer, supervisando la operación desde arriba—. Pásame la tetera para que eche un poco más de agua caliente y una pizca más de té. Y luego comed y bebed todo lo que os apetezca, sin reparar en nada. Es lo único que os pido.