La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Este le fue concedido inmediatamente, aunque la mujer aún parecía alterada y conturbada por tan degradante suposición. La niña le explicó que habían dejado las carreras el primer día y que querían llegar por la carretera hasta la siguiente población, donde pensaban pasar la noche. Como el semblante de la fornida señora empezó a despejarse, se aventuró a preguntarle si quedaba muy lejos. La repuesta, que la robusta mujer dio no sin antes aclarar que había acudido a las carreras el primer día a bordo de una calesa y para su simple esparcimiento —que su presencia no obedecía a ningún negocio o beneficio—, fue que la población se hallaba a trece kilómetros de distancia.
Aquella información desalentó no poco a la niña, que no pudo reprimir una lágrima al mirar por la carretera cada vez más oscura. Su abuelo no emitió ninguna queja, pero suspiró profundamente al apoyarse en su bastón y tratar de discernir el final de la polvorienta carretera.
La mujer de la caravana se dispuso a recoger el servicio del té antes de despejar la mesa, pero, notando la agitación de la niña, vaciló y se detuvo. La niña hizo una reverencia, le agradeció la información y, dando la mano al anciano, empezó a andar. Pero apenas habían avanzado unos cincuenta metros, cuando la mujer de la caravana les gritó que volvieran.