La tienda de antiguedades

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—¡No lo sé! —remedó la mujer de la caravana—. Pues tú estuviste allí. Te vi con mis propios ojos.

Nell se alarmó no poco al oír aquello pensando que la mujer podría mantener buenas relaciones con la empresa de Short y Codlin; pero lo que siguió contribuyó a tranquilizarla.

—Y bien que lamenté —prosiguió la mujer de la caravana— verte en compañía de Polichinela, ese parlanchín rastrero, egoísta, vulgar. No sé cómo no le da vergüenza a la gente ver a ese individuo.

—Yo no estuve allí por voluntad propia —se defendió la niña—. No conocíamos el camino; además, los dos fueron muy amables con nosotros y nos dejaron viajar con ellos. ¿Los conoce usted, señora?

—¡Que si los conozco! ¡Qué pregunta! —gritó, o, mejor dicho, chilló la mujer de la caravana—. ¡Que si los conozco! Pero tú eres muy joven e inexperta, y se te puede disculpar que me hagas esa pregunta. ¿Tengo yo aspecto de conocerlos? ¿Tiene la caravana aspecto de conocerlos?

—No, señora, no —se disculpó la niña, temiendo haber cometido alguna falta grave—. Le pido perdón.


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