La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Nell se mostró sorprendida de que aquel hombre estuviera tan familiarizado con el peso de un personaje que, según sus lecturas, había vivido en una época muy anterior a la suya, pero rápidamente olvidó su sorpresa al oír que iban a proseguir el camino a bordo de la caravana. Así, dio las gracias a la señora con sincera seriedad, ayudó con diligencia a recoger el servicio del té y otras cosas que había de por medio y, como los caballos ya estaban debidamente enganchados, subió al vehículo, seguida de su complacido abuelo. La patrona cerró la puerta y se sentó junto a su tambor al lado de una ventana abierta. Levantada la escalerilla por George y guardada bajo el carruaje, se alejaron de allí con gran ruido de lonas, ejes y ruedas, mientras la reluciente aldaba de metal, qué nadie tocaba nunca, iba repiqueteando a lo largo de la ruta.