La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO VEINTISIETE

Cuando ya habían recorrido cierta distancia, Nell se aventuró a echar un vistazo a la caravana y a observarla detenidamente. La mitad, donde la propietaria se hallaba cómodamente sentada, estaba alfombrada y albergaba en un extremo un pequeño dormitorio —parecido a la cabina de un barco—, resguardado, al igual que las ventanitas, por unas bonitas cortinas blancas. Tenía un aspecto muy confortable, aunque con qué tipo de ejercicio gimnástico conseguiría la dueña de la caravana introducirse en la litera resultaba un misterio insondable. La otra mitad, que servía de cocina, estaba equipada con una estufa con una pequeña chimenea atravesando el techo. Contenía también una despensa, varios armarios, un gran tonel de agua y unos cuantos utensilios de cocina y cacharros de loza. Estos últimos enseres colgaban de las paredes, las cuales, en la parte dedicada a la dueña de la caravana, tenían unos adornos alegres y ligeros, como un triángulo y un par de panderetas manoseadas.






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