La tienda de antiguedades

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el museo Jarley has de ver.

Tenía también varias composiciones en prosa que pretendían ser diálogos entre el emperador de China y una ostra, o entre el arzobispo de Canterbury y un disidente (sobre la cuestión de los diezmos de la Iglesia), todos con la misma moraleja, a saber, que el lector debía apresurarse a ir a ver las figuras de Jarley, y que los niños y criados podían entrar a mitad de precio. Cuando hubo mostrado a su joven compañera todos aquellos testimonios de su importante posición en la sociedad, la señora Jarley los volvió en enrollar y, una vez colocados en su sitio, se sentó y miró a la niña con aire triunfal.

—No vuelvas a frecuentar a ese vulgar Polichinela —le encareció.

—Yo nunca he visto ninguna figura de cera, señora —señaló Nell—. ¿Son más divertidas que Polichinela?

—¡Más divertidas! —exclamó la señora Jarley con tono estridente—. ¡No son nada divertidas!

—¡Oh! —exclamó Nell con toda la humildad posible.


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