La tienda de antiguedades

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—No son nada divertidas —repitió la señora Jarley—. Respiran tranquilidad y, ¿qué palabra emplear: críticas? No, son clásicas, eso es. Es un espectáculo tranquilo y clásico. No hay cachiporrazos ni empellones, no hay chistes ni gritos como en tu precioso Polichinela; siempre lo mismo, con un aire invariado de frialdad y distinción. Igual que las personas; que si las figuras de cera hablaran y anduvieran, costaría trabajo notar la diferencia. Yo no diría que haya visto figuras de cera exactamente iguales que las personas, pero sí que he visto alguna persona exactamente igual que una figura de cera.

—¿Están aquí, señora? —preguntó Nell, cuya curiosidad se había despertado con aquella descripción.

—Están aquí… ¿quiénes, pequeña?

—Las figuras de cera, señora.

—¡Dios te bendiga, pequeña, qué cosas se te ocurren! ¿Cómo semejante colección podría estar aquí, donde no ves más que el interior de un pequeño aparador y unas pocas cajas? Ha sido trasladada en los otros carromatos hasta las salas donde será expuesta pasado mañana. Tú vas a la misma población, y seguramente la verás. Es natural que desees verla; no me cabe la menor duda de que la verás. No podrías irte de la ciudad sin verla, ni aunque te lo propusieras.


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