La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Creo, señora, que no estaré en la ciudad —manifestó la niña.
—¿Que no estarás? —gritó la señora Jarley—. ¿Y dónde estarás, entonces?
—No lo sé exactamente. No podrÃa decirle…
—¡No me digas que estáis viajando sin saber a dónde vais! —exclamó la dueña de la caravana—. ¡Qué curiosa pareja! ¿A qué os dedicáis en realidad? A mà me parecisteis en las carreras completamente fuera de vuestro elemento, como si hubierais caÃdo allà por casualidad.
—Acudimos allà por pura casualidad —confirmó Nell, confusa por aquellas preguntas tan repentinas—. Nosotros, señora, somos personas pobres que andamos vagando de un sitio a otro. No tenemos nada que hacer. ¡Ojalá no fuera asÃ!
—Me asombráis cada vez más —expresó la señora Jarley tras permanecer un rato tan muda como una de sus figuras—. No me dirás que os consideráis unos mendigos…
—En realidad, señora, no sé qué otra cosa somos —contestó la niña.
—¡Dios me perdone! —exclamó la dueña de la caravana—. En mi vida he visto nada semejante. ¡Quién lo habrÃa dicho!