La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Después de aquella exclamación permaneció tanto tiempo en silencio que Nell la creyó arrepentida de prestar protección y conversación a una gente tan pobre, e irreparablemente herida en, su dignidad. Creencia confirmada por el tono con que rompió el silencio:
—Y, sin embargo, sabes leer y escribir, estoy segura, ¿no?
—Sí, señora —contestó la niña, temerosa de volver a ofenderla con aquella confesión.
—Las cosas de la vida… —reconoció la señora Jarley—. Pues yo no sé.
Nell dijo: «¿De veras?», en un tono que podía implicar que estaba razonablemente sorprendida de encontrar a la auténtica y única Jarley, la delicia de la grande y pequeña nobleza y favorita particular de la familia real, desprovista de habilidades tan corrientes o que presumía de ser una dama tan exquisita que podía perfectamente prescindir de las mismas. El caso es que, fuera cual fuera la manera en que la señora Jarley recibió su respuesta, ya no hizo más preguntas ni más observaciones, pues cayó en un silencio reflexivo y permaneció en dicho estado tanto tiempo que Nell se retiró a la otra ventana al lado de su abuelo, que para entonces ya se había despertado.