La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Al final, la dueña de la caravana despertó de su profunda meditación y, ordenando al cochero que se acercara a la ventana junto a la que estaba sentada, mantuvo una larga conversación con él en voz baja, como si le pidiera consejo sobre una cuestión importante y barajase los pros y los contras. Concluida la conferencia, metió la cabeza de nuevo e hizo señas a Nell para que se acercara.
—Y el anciano también —solicitó la señora Jarley—, pues quiero intercambiar unas palabras con él. ¿Quiere usted una buena situación para su nieta, jefe? Si es así, yo puedo contribuir a que la tenga. ¿Qué dice a eso?
—Yo no puedo dejarla, jamás —fue la respuesta—. No podemos separarnos. ¿Qué sería de mí sin ella?
—Yo diría que a su edad usted ya debería haber aprendido a cuidar de sí mismo —respondió la señora Jarley con tono seco.
—No puede cuidar de sí mismo —expresó la niña susurrando con tono serio—. Temo que nunca podrá. Por favor, no sea dura con él. Le estamos muy agradecidos —añadió en voz alta—, pero ninguno de los dos se separaría del otro ni por todo el oro del mundo.