La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades ¿A ella? ¡Ah, no, gracias a Dios, no a ella! Pues, mientras estaba allÃ, muerta de miedo, sin saber si gritar para pedir ayuda o abandonar el escondite y salir corriendo, antes de que el enano pudiera acercársele, vio salir del arco a otra figura, un mozo que llevaba a cuestas un baúl.
—¡Más deprisa, bribón! —gritó Quilp, mirando a la vieja puerta; a la luz de la luna, parecÃa una estatua monstruosa fuera del nicho para echar un último vistazo a su vieja casa—. ¡Más deprisa!
—Es un baúl muy pesado, señor —protestó el muchacho—. Mire que ya voy bastante deprisa, dese cuenta.
—¿Que me dé cuenta de que vas deprisa? —replicó Quilp—. Te vas arrastrando a la velocidad de un reptil, bribón; mides la distancia como un gusano. Escucha el reloj: la media.
Tras detenerse a escuchar, se volvió hacia el muchacho de una manera tan repentina y feroz que lo hizo estremecerse y le preguntó a qué hora pasaba el coche de Londres por la curva de la carretera. El muchacho le contestó que a la una.
—¡Más deprisa, entonces! —le conminó Quilp. De lo contrario, no voy a llegar a tiempo. Más deprisa, ¿me oyes? Más deprisa.